Cada verano España vuelve a enfrentarse a la misma tragedia, bosques reducidos a cenizas, viviendas destruidas y miles de profesionales luchando heroicamente contra incendios cada vez más intensos y difíciles de controlar. Tras cada catástrofe se anuncian nuevas inversiones en medios de extinción, más aviones, más helicópteros y más recursos. Todo ello es imprescindible. Pero la realidad demuestra que, por sí solo, no basta. La verdadera batalla contra los incendios no comienza cuando despega el primer hidroavión. Comienza mucho antes, durante todo el año, con una adecuada gestión del territorio.
Existe una idea que conviene dejar clara. El cambio climático agrava el problema, pero no explica por sí solo la magnitud de las grandes catástrofes. El verdadero factor sobre el que sí podemos actuar es el abandono del monte y la ausencia de una gestión forestal activa. Durante décadas hemos permitido que grandes extensiones forestales acumulen enormes cantidades de biomasa, convirtiéndose en un inmenso depósito de combustible. La desaparición de actividades tradicionales como el pastoreo, el aprovechamiento forestal o la agricultura de montaña ha favorecido esa acumulación, incrementando el riesgo de incendios de enorme intensidad.
A esta realidad se suma, en ocasiones, una excesiva complejidad administrativa. La protección del medio ambiente constituye un objetivo irrenunciable, pero conservar nuestros bosques no puede significar impedir su gestión. Cuando las actuaciones preventivas quedan bloqueadas por procedimientos largos y rígidos, el resultado puede ser justamente el contrario del que se pretende evitar.
Proteger un bosque no consiste en abandonarlo a su suerte. Significa limpiarlo, mantenerlo, retirar árboles muertos, reducir el matorral, conservar los caminos forestales y favorecer aquellas actividades tradicionales que durante siglos contribuyeron a mantener el equilibrio de nuestros ecosistemas mediterráneos. La prevención exige también aprovechar todas las posibilidades que ofrece la tecnología. Cámaras térmicas, inteligencia artificial, drones y sistemas de detección temprana permiten localizar un incendio cuando todavía puede ser controlado con rapidez y con un coste muy inferior al de un gran operativo de extinción.
Igualmente importante es incorporar a la planificación territorial aquellas infraestructuras que pueden actuar como barreras frente al fuego. Los campos de golf, los embalses, las zonas agrícolas de regadío y los grandes parques periurbanos pueden desempeñar una función estratégica gracias a sus superficies irrigadas, reservas de agua y excelentes accesos para los servicios de emergencia.
España dispone de magníficos profesionales forestales, excelentes bomberos y uno de los mejores dispositivos de extinción del mundo. Lo que ahora necesita es completar ese esfuerzo con una auténtica política nacional de prevención, basada en la gestión activa del monte, la simplificación de los procedimientos administrativos para las actuaciones preventivas, el impulso a la economía forestal y el uso intensivo de las nuevas tecnologías.
Cada euro invertido en prevención evita después enormes costes económicos, sociales y ambientales. Los incendios forestales seguirán formando parte de la realidad de los países mediterráneos. Las grandes tragedias, sin embargo, no son inevitables. La mejor política contra el fuego no consiste únicamente en apagar incendios. Consiste, sobre todo, en evitar que lleguen a producirse.
Porque los incendios forestales no se apagan. Se previenen












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